Carlos Surghi publica "El realismo sentimental", un ensayo que traza un puente entre el romanticismo y la experiencia cotidiana de escribir en el presente. El libro se inscribe en una renovación de la crítica literaria argentina y apuesta por el género ensayístico como vehículo de reflexión personal e intelectual.
El trabajo de Surghi parte de una premisa: si el yo romántico fue una invención de aquella época, hoy convive con una versión mínima y banal del sujeto, tensionado por el avance de la tecnología sobre toda experiencia de escritura. En esta encrucijada, el autor propone una ética literaria específica: para hablar de uno mismo, hay que leer. Es decir, la lectura genera la legitimidad que justifica la presencia del yo en el texto.
El ensayista que Surghi describe no es el intelectual tradicional que expone sus influencias, sino quien también exhibe las pequeñas contratiempos de una vida ordinaria. En este cruce entre saber y ego personal, la prosa adquiere importancia cardinal. Surghi privilegia el ritmo de las frases, sus encadenamientos, el juego entre la primera persona del singular y la tercera del plural, evitando siempre conclusiones tajantes y sociológicas.
El libro organiza sus reflexiones en torno a cuatro ejes: Estudio, Jardín, Paseo y Conversación. En cada sección, las lecturas de autores como Al Alvarez, Kafka, Montaigne, Woolf y Jardin se entrelazan con la experiencia personal del autor. Sin embargo, antes que la erudición o la autorreferencia, lo que sostiene la escritura es la persecución de una prosa particular, capaz de contener tanto la reflexión como el movimiento del pensamiento.
Para Surghi, el realismo sentimental nombra una empresa literaria sin pretensiones de resonancia mediática y, por eso, más noble. Una forma que este siglo—quizá el último en el que la literatura exista como tal—puede dar al romanticismo.

