La actividad económica se contrajo un 2,6% en febrero, marcando un retroceso que revirtió el crecimiento insinuado en los meses previos. En términos interanuales, el declive alcanzó el 2,1%, devolviendo los niveles de producción a registros de mediados del año anterior. Estos números oficiales exponen una economía profundamente polarizada, donde ganadores y perdedores operan en lógicas completamente divergentes.

La caída está concentrada en sectores clave del mercado interno. La industria manufacturera retrocedió un 8,7% interanual mientras el comercio duplicó su tasa de contracción hasta el 7%. En contraste, minería, agro, pesca e intermediación financiera registraron repuntes, pero con un volumen insuficiente para contrarrestar el desempeño negativo del resto del entramado productivo.

La consultora LCG analizó este escenario en un informe que anticipó un panorama complejo para los próximos meses. Según el documento, la expansión anual se mantendrá por debajo del 3%, sostenida casi exclusivamente por sectores primarios y extractivos. El análisis advierte que el "derrame" desde estos pocos sectores ganadores hacia el resto de la economía será marcadamente limitado.

Varios factores explican esta desconexión. La demanda interna sin piso, la pérdida de poder adquisitivo de los ingresos y la fuerte retracción del crédito actúan como frenos estructurales. A esto se suma un cambio en los patrones de consumo, donde parte del gasto se desplaza hacia bienes importados en un contexto de mayor apertura comercial.

La estabilidad cambiaria actual genera una paradoja. Aunque ofrece cierta "tranquilidad", los beneficios terminan siendo anulados por sus propias consecuencias: con el tipo de cambio real apreciado, los márgenes de empresas intensivas en mano de obra sufren deterioro constante ante la suba de costos. Javier Okseniuk, director de LCG, señaló que un ajuste cambiario, pese a su riesgo inflacionario, podría devolver el oxígeno que los sectores asfixiados necesitan para operar nuevamente.